Rubén no va a cine, pero el Cine Corto va a él


El VII Festival de Cine Corto de Popayán, llevó las pantallas al barrio El Mirador, donde nos encontramos con lo que tal vez sea un sueño cumplido para el pequeño Rubén. Por: Daniel Egas Cuando apenas se enteró del evento, no tuvo que pensarlo dos veces para querer asistir. Rubén Darío tiene 12 años de […]

El VII Festival de Cine Corto de Popayán, llevó las pantallas al barrio El Mirador, donde nos encontramos con lo que tal vez sea un sueño cumplido para el pequeño Rubén.

Por: Daniel Egas

Cuando apenas se enteró del evento, no tuvo que pensarlo dos veces para querer asistir. Rubén Darío tiene 12 años de edad y cursa quinto grado de primaria en la Institución Educativa El Mirador. Él, acostumbrado a su rutina diaria, del colegio a la casa y de la casa al colegio, esperaba ansiosamente a que el sol se escondiera y desde la ventana de su casa, ubicada a unos cuantos metros del colegio, observaba impacientemente en espera de algún movimiento que le diera la señal de que lo prometido, no era solo un rumor y en verdad el cine había llegado a su barrio.

Apenas noto el arribo de un piaggio a la portería del colegio, se colocó encima de sus pantalones de futbol una sudadera negra de franjas blancas y en camiseta, sin importarle el frio salió a la calle. Con más ganas de las que nunca tuvo por llegar al colegio, corría despavorido por la calle, motivado por la curiosidad de conocer que era lo que estaba pasando. Tímidamente observaba como del vehículo descargaban todo tipo de instrumentos, que para él, eran desconocidos y disimuladamente se acercaba para detallar esos objetos.

Sentado en un rincón camuflado entre la oscuridad del lugar, atentamente observaba todos y cada uno de los movimientos que los organizadores del evento hacían. Pero de un momento a otro, algo logro moverlo del lugar. Su timidez quedo a un lado y se acercó para observar lo que poco a poco se inflaba con ayuda del aire suministrado por un ventilador.

Su cara de sorpresa y desconcierto era evidente, ¿qué podía ser ese enorme rectángulo blanco? ¿Acaso es una especie de cama? no, no lo era, el enorme rectángulo paso de estar tendido en el suelo a levantarse verticalmente. Entonces, ¿es un juego de esos inflables para niños? Se preguntaba mientras lo analizaba de arriba abajo. Hasta que notó cómo un reflector, ubicado al frente del objeto, dibujaba imágenes en la superficie del enorme rectángulo, entonces comprendió que ante sus ojos estaba la pantalla de lo que tanto había esperado.

Él, que nunca había estado en una sala de cine supo al fin que era aquel enorme rectángulo blanco. “¿Ahí van a dar cine?”, preguntaba a los organizadores quienes ya ubicaban una a una las sillas para los espectadores. Extrañamente no se sentó en la primera fila, pero busco y busco incansablemente un lugar estratégico que le permitiera una mejor vista del evento.

A eso de las 7:30 pm, los estudiantes de la jornada nocturna ya se disponían a tomar los cómodos asientos ubicados al frente de la pantalla, rápidamente se llenaban, pero él, seguía tranquilo, Rubén continuaba sentado a un costado del lugar, al parecer el frio asfalto del suelo le era más cómodo.

Atento escucho las instrucciones del organizador, instrucciones que el cumpliría juiciosamente. Empezaba la función y el murmullo de unos cuantos incomodaba a Rubén por ello respetuosamente de su boca salía un sonido: “shhhhh” decía con el dedo en los labios, señal con la que pretendía el silencio de los demás.

Avanzaba la proyección de los cortometrajes y él, muy atento, respondía a cada una de las historias. Sí había que reír, él, reía, si había que sorprenderse, él, se sorprendía y por más que le hayan dicho una y otra vez que los hombres no lloran, cuando había que llorar, él, lloraba.

Entre los aplausos que hubo al finalizar uno de los cortometrajes, el pequeño hombre se levantó y aplaudió con más temple que cualquier otro. Una sonrisa de completa alegría en un su rostro, era la imagen lucida de un sueño realizado.

Al salir de su casa, Rubén ni siquiera había cenado, el hambre le ganaba pero no era excusa para irse. Lo único que lo impacientaba era su mamá. Ella lo esperaba en casa y él, no quería hacerla preocupar. Pero eso sí, con el perdón que merece su madre, él, prefirió quedarse un ratico más. Con una sonrisa permanente en la cara y entonando con un silbido una de las bandas sonoras de los cortometrajes, Rubén, no se cambiaba por nadie. Lo que le prometieron se cumplió. El cine había ido a su barrio, El Festival de Cine Corto había ido hacia él.